EL COVID: ENTRE SAN ANDRÉS Y ESTOCOLMO

TESTIMONIO

Jairo Archbold Núñez

Narrar la experiencia de un viaje trasatlántico poco antes que muchos países decretaran el cierre de sus fronteras como consecuencia de la crisis mundial provocada por el covid-19 o coronavirus, no deja de ser un ejercicio impactante.

Salí de Colombia exactamente dos días antes que el gobierno nacional tomará la trascendental medida. No hubo más espacios para promover teorías negacionistas que se resistían a reconocer la existencia del virus e incluso la misma OMS, tibia en sus comienzos, se apresuró a decretar en el mes de marzo el carácter pandémico de la enfermedad.

A partir de entonces las cifras de contagios y fallecidos empezaron a crecer de una manera exponencial en diferentes lugares del mundo y junto a la localidad China de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, lugar donde se origina el virus, Europa se convirtió en el nuevo blanco de la pandemia. 

El periplo que me llevaría a tierras escandinavas a mi encuentro familiar, se inicia en la isla de San Andrés el domingo 15 de marzo de 2020, para el efecto tuve que abordar cuatros vuelos diferentes, dos de ellos con distancias prolongadas. Una sucesión de trayectos que los ambientalistas más abiertos condenarían de una forma unánime. 

En ese momento apenas era un rumor, nada más que una fuerte conjetura, sobre la predilección del coronavirus para desenvolverse en espacios cerrados, aviones y sitios tumultuosos. Ambientes propicios para establecer su cadena de contagio y con posterioridad desatar su furia homicida.

El tiempo así lo confirmaría y por primera vez en casi un siglo la aviación comercial tuvo que parar sus aviones, las relaciones económicas de abastecimiento de muchas poblaciones se vieron interrumpidas súbitamente y muchos recurrieron a viejas formas de supervivencia olvidadas en el tiempo. 

Lejos estaba de mi mente ese domingoantes de partir, cuando me dirigí a donde Carmelita en la esquina de la peatonal con Hotel Casablanca de la isla de San Andrés, que esta sería la última vez en mucho tiempo, para mi persona, visitantesy muchos residentes de poder acceder abiertamente a los deliciosos platos de la gastronomía isleña. 

En el aeropuerto de San Andrés la situación ya era tensa, las aglomeraciones eran evidentes. No obstante y en aparente normalidad hicimos tránsito con la ciudad de Bogotá para asídar inicio al kilométrico traslado que al final me llevaría a la capital sueca. 

El martes 17 de marzo mis preocupaciones aumentaron cuando mi restaurante favorito en platos típicos de la cocina colombiana situado en Chapinero había clausurado sus actividades por la amenaza del virus. Si este lugar donde por años nos habíamos deleitado con las más exquisitas sopas de mondongo había cerrado, entonces la cosa iba en serio!

Con los restaurantes cerrando en Bogotá, cinco días después Carmelita también cerrando en San Andrés, de repente todo se fue cerrando. La vida que un día conocimos empezó a diluirse en medio de la amenaza del coronavirus, que sin contemplaciones comenzó a matar gente en diferentes rincones del planeta. 

El miércoles 18 de Marzo, temprano por la mañana, armado con un frasco de gel y un spray de lysol comprado en un supermercado de la isla, aborde un avión de United con destino a la ciudad de Nueva York. En ese momento la gran manzana estaba infectada hasta los huesos, pero el establecimiento gringo senegaba a aceptar la cruda realidadprivilegiando los millones que se encontraban en juego.

El counter de la aerolínea en el aeropuerto El Dorado lucía vacío, United era hasta ese momento y por dos días más lo sería, la única posibilidad de conectar desde Colombia con el país del norte. 

Sin embargo, al observar impávido a un pasajero pagar US 1200 en efectivo por un trayecto hasta Nueva York, entonces comprendí que la situación se había tornado complicada; la gente estaba buscando la forma más rápida de regresar a sus hogares. 

También entendí que mi batalla para enfrentar el cinturón de fuego en el que se había convertido el coronavirus, había comenzado!

United envió un avión pequeño, iba a su máxima capacidad, un poco apretujados para un vuelo de cinco horas y media. Pero, nada me importaba, iba al encuentro de mi familia y esto último constituía más que una obsesión. 

Abordo del avión me tocó como vecina una pasajera entrada en años, llevaba un kit completo, gel, paños de cloro, desinfectantes, tapabocas, etc. No había caído en cuenta que la tormenta había comenzado. 

Casi de inmediato la susodicha limpió con gran esmero los tres asientos que ocuparíamos, incluso me ofreció de una manera espontánea acceder a sus muy personales artículos de asepsia. Le contesté que yo también traía mi munición. En fin, esta escrupulosa pasajera hizo todo lo que a su alcance estuvo en medio de la compleja situación para que el tiempo que estuviéramos cerca fuera el más ameno. 

Se lo agradecí sinceramente. Nunca podré olvidar sus reacciones cuando algún pasajero tosía o estornudaba en medio del vuelo. Pero, la precavida señora tenía la razón, todos sabían que la ciudad de Nueva York había sido tomada por el coronavirus. 

Tras las tediosas colas para cumplir los requisitos de inmigración, me dirigí hacia el corredor que nos llevaría a la puerta de embarque hacia Europa. Todos los almacenes estaban cerrados y algunos pasajeros protestaban ante la falta de restaurantes y venta de alimentos.

En el ambiente se sentía el coronavirus, no era difícil predecir que la pandemia había entrado con fuerza a una de las ciudades más dinámicas del mundo. La situación te lleva a echarte gel a cada instante y en varios momentos me dije, si salgo de esta, pagaré mi manda. 

Al final de la tarde, antes de abordar el avión con destino a Europa, un arrogante funcionario de aerolínea recordó por altavoz que solo los pasajeros con familia y residencia podían realizar la travesía. Mostré las credenciales y me dijo: Puede seguir!

Al interior del avión fui reprendido por una auxiliar cuando me observó utilizando el spray con lysol que traía conmigo. Me dijo que no estaba permitido. No hubo nada que hacer, el destino me había hecho partícipe de una de la experiencias más fuertes tenidas a lo largo de mi vida. Sin darme cuenta, había sido tomado por la paranoia del coronavirus.

El avión hacia Munich iba repleto de pasajeros con congestión, tos y otras manifestaciones claras de la presencia del virus.

No tengo ninguna duda en afirmar que este vuelo de United, Nueva York – Munich, queda bautizado como el vuelo del coronavirus y no creo que ninguno en este vuelo se haya salvado del contagio.

Al llegar después de nueve horas en el aire, el aeropuerto de Munich parecía un campo desolado, muy pocas personas ejercían sus funciones. Europa estaba paralizada! 

Arribé a la ciudad de Estocolmo el día 19 de marzo de 2020 y lo que presencié fue una ciudad detenida en el tiempo, sin cuarentenas, ni tapabocas, ni restaurantes cerrados, pero con la dura realidad de un virus que estremecía sus cimientos y que se envilecía con supoblación más vulnerable: los ancianos.

Valga la pena recordar que el 20 de marzo de 2020 Colombia cerraría sus puertas por espacio de casi cinco meses y así permanece en algunos de sus frentes. 

El martes 24 de marzo de 2020, cinco días después de mi llegada, iríamos a visitar uno de los archivos más importantes de la ciudad. Al levantarme le dije a Günhild que no tenía fuerza en los brazos, que tal vez había dormido mal. Sin embargofuimos al archivo.

Terminada nuestra visita, un frio de piedra me entró en el cuerpo, almorzamos y nos fuimos para casa. En la noche una fiebre incontrolable me hizo recordar que no solo era un ser humano absolutamente vulnerable, sino que había sido tomado por el coronavirus. 

Gracias a la vida sobreviví a esta experiencia; dos semanas de encierro y varias noches de desvelo sometido a la voluntad de un virus que se ha llevado a miles de personas. Catorce días  después, cuando salí a la calle y doblé la primera esquina, una brisa ligera casi me tumba en mi reencuentro con la vida.-

jairo.archbold@gmail.com

Próxima entrega:

La estrategia del sistema de salud sueco frente al coronavirus, y por qué esta fue tan cuestionada.

Acerca de alvaroarchbold (169 Artículos)
Abogado Universidad del Rosario, Especializado en sociologia jurídica con enfásis en sociopolitica de la Universidad de París II Panthéon-Sorbone. Ex-gobernador del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

1 Comentario en EL COVID: ENTRE SAN ANDRÉS Y ESTOCOLMO

  1. Camila Herminia Yamile Forero Ramírez // 7 septiembre, 2020 en 3:16 pm // Responder

    Alvaro que buena crónica, aun cuando todas lo han sido esta tiene tu historia de vida y me siento feliz de que le ganaste al Coronavirus. Fuetrte abrazo, Yamile Forero

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